Un artículo sobre el carnaval y máscaras de Bernardo J. García García:
“Aunque existen opiniones diferentes sobre su duración, entre quienes lo conciben como un ciclo festivo que se inicia inmediatamente después de Reyes hasta el inicio de la Cuaresma, y quienes lo restringen a los tres días de carnestolendas previos al miércoles de ceniza, el tiempo de Carnaval se distinguía porque era el momento en que el orden social y espiritual ordinario podía invertirse en un mundo al revés que ensalzaba al pobre y bajo, y ridiculizaba o satirizaba al poderoso. Los vicios y excesos carnales reinaban sobre las virtudes justo antes de la mortificación purificadora de la penitencia y el ayuno cuaresmales. Se practicaban juegos de ritmo violento, se imponían movimientos más propios de los animales, cuyas efigies se adoptaban con máscaras y accesorios de vestuario como signos externos de este mundo al revés. Era el tiempo de las fiestas de locos, pues se realizaban actos irracionales e inconscientes. El bullicio, el griterío y la confusión reinan por todas partes.
Las prácticas más habituales en estas celebraciones populares consistían en arrojar salvado, harina y agua con pucheros o jeringas, quemar estopas, correr gallos, mantear y perseguir animales domésticos colgándoles mazas, vejigas, cuernos y botes, apedrearse con huevos, naranjas y tomates, fustigarse con porras, vejigas hinchadas y zurriagas, hacer ruido con matracas, tambores y trompetillas, quebrar pucheros y ollas, y disfrazarse con máscaras y trajes grotescos, en actitudes irreverentes y provocadoras. Entre los géneros teatrales desarrollados en el Siglo de Oro, es el de la mojiganga el que se convierte en paradigma de la fiesta burlesca y de lo grotesco que impera en las celebraciones carnavalescas.
En muchos casos, este baile dramático es en realidad la versión pantomímica y mascarada jocosa de las máscaras cortesanas, en las que los participantes llevan finas y lujosas máscaras y representan un espectáculo de danza, poesía o alegoría gestual.”